lunes, 4 de octubre de 2010

Más pico y placa, más impuestos y menos calidad de vida

Las fórmulas que estudia la actual administración de la ciudad de Bogotá apuntan a limitar aún más las libertades de los habitantes que pagamos impuestos, y darles más rienda suelta a los informales que se apropian ilegalmente del espacio público y a los transportadores para quienes no hay norma que valga ni que las autoridades hagan cumplir.

Eso de restringir aún más el uso de los vehículos particulares para solucionar los problemas de movilidad equivale a una expropiación parcial de la propiedad privada, nada más ni nada menos. Mejor que pongan peajes en la ciudad, y que encarezcan la utilización de los vehículos, pero no que prohíban la movilización libre de las personas, y nos obliguen a utilizar un servicio de transporte masivo ineficiente e inseguro, además de abusivo y verdaderamente indigno.

La lógica de los actuales administradores de la ciudad es de un facilismo olímpico. ¡Claro! "Para que no haya problemas de movilidad en la ciudad, prohibamos que la gente se mueva." Y además proponen aumentar el número de policías, para que se paren en esquinas estratégicas a esperar a los despistados conductores que salieron equivocadamente el día de pico y placa, y clavarles una multa gigantesca, en un tire y afloje en el que pueden demorarse unos 40 minutos por víctima, mientras a su lado los taxistas se parquean ocupando dos y tres carriles (no sé cómo esos taxis miniaturas se las arreglan para tapar tres carriles a la vez, pero ¡lo hacen!), y los agentes ni se inmutan y siguen en sus eternas "negociaciones" con el infractor, que incluyen llamadas por su radioteléfono a los colegas, idas y venidas a la moto con los papeles... hasta que algunas veces, muy sospechosamente, arrancan los infractores sin comparendo...

No es cosa de prohibir, prohibir y prohibir. Para eso, traer a Fidel Castro y su régimen aquí, promover un bloqueo a la importación de carros, y dejar que el parque automotor muera, y Colombia se vuelva como Cuba, donde solamente unos pocos líderes del Partido pueden andar en carros, mientras el resto de la población tiene que andar a pie, en bicicleta, o en los buses del negocio jugoso con el que se habrán asociado.

No solamente son las obras carentes de cualquier planificación (lo único que les importa a la hora de contratar es quién me va a dar la coima y en dónde me la van a consignar) las culpables del desmadre del tráfico en Bogotá. También son la lentitud pasmosa con que los planes viales de envergadura se desenvuelven, porque quién sabe qué negocios raros esperan que se den en términos de tierras y expropiaciones y demás asuntos que están lejos del conocimiento de cualquier ciudadano que no sea un tercero idóneo que hace negocios ajustado a la ley como nos acostumbramos en la Colombia refundada.

Arreglar la movilidad de Bogotá es cuestión de arreglar primero la mentalidad de sus administradores y de sus habitantes. No es fácil. Tampoco es imposible. Pero eso sí que es inaceptable que arreglen la movilidad prohibiéndonos mover por nuestros propios medios.

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