sábado, 16 de octubre de 2010

Bogotá en manos de "lo social" y próximamente de "lo antisocial"

Bogotá iba bien hasta que la moda de "lo social" arreció con todas sus fuerzas y les abrió el camino a los candidatos de izquierda, que amparados por el Polo Democrático ganaron las elecciones y echaron a perder mucho de lo que la ciudad había avanzado en las administraciones anteriores de tecnócratas y docentes integrales.

La concepción de ciudad de unos y otros es muy diferente, y es aún más dispar el enfoque que le dan a la política y a la administración. Mientras personajes obsesionados con el desarrollo, el orden urbano y, de alguna forma, con la posteridad y eso que llaman "dejar huella" se dedicaron a implantar una versión clara y coherente de ciudad, fundamentada en la cultura ciudadana y en la realización de obras que responden a una visión genuina de la metrópoli del futuro, otros, los de ahora, están inmersos en procesos licitatorios y miden su éxito en la cantidad de contratos asignados, sin reparar en el caos, el desorden, el descuido y el retroceso al que han condenado a la capital de Colombia.

Lo curioso de los dos enfoques anteriores es que el de aquellos que están destruyendo la ciudad y dejándola literalmente en ruinas son los que más adelante van a cosechar votos masivos en ejercicios democráticos futuros, porque no solamente tendrán a favor de su cauda todos los beneficiados con los contratos de destrucción que se vienen adelantando, sino los cientos de miles de familias que reciben las limosnas que son el núcleo de "lo social" de sus administraciones. Como dicen los conocedores, contratación y clientelismo.

Con el espejismo del "metro" la actual administración ganó las elecciones, a sabiendas de que no había dinero para construirlo (solamente alcanza para continuar haciendo estudios ad-infinitum que siempre arrojarán como resultados la necesidad de continuar haciendo estudios ad-infinitum). Y mientras enfoca todos sus esfuerzos por sacar adelante lo que no sacará adelante, asigna contratos a diestra y siniestra, siguiendo el ejemplo de antepasados cercanos y lejanos que concibieron el servicio público como un derecho feudal hereditable.

Y lo peor de todo este panorama es que empieza a consolidarse la aspiración de nadie más ni nadie menos que el promotor número uno del emprendimiento ajustado a la ley y con el concurso de terceros idóneos. Vamos a ver cómo lo que queda de la ciudad se va a convertir en negocio jugoso de unos muy pocos que, como con las zonas francas y demás iniciativas estilo Carimagua y AIS enriquecerán a los que ya se han enriquecido, y empobrecerán a los que nunca han sido ricos, llevándose de paso cualquier rastro de calidad de vida que las administraciones del Polo hayan dejado en Bogotá.

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