Además de encontrar en ellos la oportunidad de pasar un rato agradable con amigos y familiares, y de comer y beber cosas buenas, esos lugares tan refinados y "clasudos" comparten una particularidad de la cual, creo, no deben estar muy orgullosos de dientes para afuera, pero a la hora de contabilizar los resultados del negocio les debe llenar de dicha, aunque si se ve desde el punto de vista de responsabilidad social corporativa los debería poner a llorar y a hacer algo para resarcir el daño que le han hecho a la ciudad.
Todos esos restaurantes y bares y reposterías y sitios de comidas rápidas comparten un descarado apetito por la invasión del espacio público, que los ubica al mismo nivel de cualquier invasión en cualquiera de los cerros orientales de la ciudad, por mencionar unas, o de cualquier negocio informal de arepas, empanadas vallunas, pinchos, jugo de guanábana, frutas, chucherías de contrabando y paraguas, por mencionar otros, montados descaradamente sobre los andenes de Bogotá.
Esos establecimientos pinchadísimos, de nombres reconocidos local y globalmente, donde llegan los clientes más adinerados, las mujeres más atractivas, los muchachos más prometedores, son los mismos que sin rubor alguno se han apropiado de los aislamientos obligatorios, intocables, del espacio público (los antejardines y parte de los andenes de las otrora casas del Chicó) para montar ahí mesas que aumentan la capacidad de sus negocios de generar utilidades, por un lado, y de deteriorar aún más la calidad de vida de los bogotanos, tanto de los que pueden pagar lo que ellos venden, como de los que no se pueden ni arrimar a esos sitios por costosos.
Indagando en algunos de ellos dicen que tienen los permisos respectivos para invadir de esa manera las áreas que han sido declaradas históricamente de beneficio público. Sin embargo, nunca han puesto en lugar visible las vallas obligatorias de información a la vecindad de una construcción debidamente aprobada por las autoridades para "conquistar" esos terrenos, primero con materas de rueditas que furtivamente sacan en las mañanas para delimitar "su" territorio comercial, luego con materas de concreto, y finalmente con vigas, pérgolas y paredes de vidrio y aluminio. Algunos han llegado al extremo de construir ascensores en el andén para sus clientes con limitaciones físicas. Un gesto loable, pero no compensa el daño que le han hecho a la ciudad, tanto en su estética, como en su moral, porque esas actitudes son las que consolidan la mentalidad corrupta que prevalece en la generalidad de los colombianos.
Detalles nimios, dirá la mayoría, si son lugares agradables que le aportan empleo y sabor "cosmopolita" a la ciudad. Bien, si para eso hay que ser "vivo", pues entonces no debemos sorprendernos cuando los contratistas del Distrito incumplen, cuando los alcaldes no hacen lo que prometen, cuando los ministros, congresistas, presidentes y demás figuras públicas con responsabilidades con el país se hacen las víctimas, los de las gafas negras cuando les señalan sus posibles errores y horrores. Ellos, también, como los restaurantes chic, rechic, y los kioscos de Garzón que se van ampliando con lonas y paraguas y cajas de cerveza y guacales de frutas y costales y mesitas y mostradores de empanadas, ellos, los funcionarios públicos nombrados o elegidos democráticamente, repito, tienen derecho también, como cualquier colombiano de buena cuna, a invadir los recursos públicos para la conveniencia de sus negocios.
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