lunes, 25 de octubre de 2010

La invasión de las marcas estrato seis

¿Qué tienen en común McDonald's, Friday's, Archie's, Crepes & Waffles, Café Renault, Subway, Myriam Camhi, Hamburguesas El Corral y Bogotá Beer Company entre otros muchos sitos de comida que vemos alrededor del parque metropolitano de la calle 93?

Además de encontrar en ellos la oportunidad de pasar un rato agradable con amigos y familiares, y de comer y beber cosas buenas, esos lugares tan refinados y "clasudos" comparten una particularidad de la cual, creo, no deben estar muy orgullosos de dientes para afuera, pero a la hora de contabilizar los resultados del negocio les debe llenar de dicha, aunque si se ve desde el punto de vista de responsabilidad social corporativa los debería poner a llorar y a hacer algo para resarcir el daño que le han hecho a la ciudad.

Todos esos restaurantes y bares y reposterías y sitios de comidas rápidas comparten un descarado apetito por la invasión del espacio público, que los ubica al mismo nivel de cualquier invasión en cualquiera de los cerros orientales de la ciudad, por mencionar unas, o de cualquier negocio informal de arepas, empanadas vallunas, pinchos, jugo de guanábana, frutas, chucherías de contrabando y paraguas, por mencionar otros, montados descaradamente sobre los andenes de Bogotá.

Esos establecimientos pinchadísimos, de nombres reconocidos local y globalmente, donde llegan los clientes más adinerados, las mujeres más atractivas, los muchachos más prometedores, son los mismos que sin rubor alguno se han apropiado de los aislamientos obligatorios, intocables, del espacio público (los antejardines y parte de los andenes de las otrora casas del Chicó) para montar ahí mesas que aumentan la capacidad de sus negocios de generar utilidades, por un lado, y de deteriorar aún más la calidad de vida de los bogotanos, tanto de los que pueden pagar lo que ellos venden, como de los que no se pueden ni arrimar a esos sitios por costosos.

Indagando en algunos de ellos dicen que tienen los permisos respectivos para invadir de esa manera las áreas que han sido declaradas históricamente de beneficio público. Sin embargo, nunca han puesto en lugar visible las vallas obligatorias de información a la vecindad de una construcción debidamente aprobada por las autoridades para "conquistar" esos terrenos, primero con materas de rueditas que furtivamente sacan en las mañanas para delimitar "su" territorio comercial, luego con materas de concreto, y finalmente con vigas, pérgolas y paredes de vidrio y aluminio. Algunos han llegado al extremo de construir ascensores en el andén para sus clientes con limitaciones físicas. Un gesto loable, pero no compensa el daño que le han hecho a la ciudad, tanto en su estética, como en su moral, porque esas actitudes son las que consolidan la mentalidad corrupta que prevalece en la generalidad de los colombianos.

Detalles nimios, dirá la mayoría, si son lugares agradables que le aportan empleo y sabor "cosmopolita" a la ciudad. Bien, si para eso hay que ser "vivo", pues entonces no debemos sorprendernos cuando los contratistas del Distrito incumplen, cuando los alcaldes no hacen lo que prometen, cuando los ministros, congresistas, presidentes y demás figuras públicas con responsabilidades con el país se hacen las víctimas, los de las gafas negras cuando les señalan sus posibles errores y horrores. Ellos, también, como los restaurantes chic, rechic, y los kioscos de Garzón que se van ampliando con lonas y paraguas y cajas de cerveza y guacales de frutas y costales y mesitas y mostradores de empanadas, ellos, los funcionarios públicos nombrados o elegidos democráticamente, repito, tienen derecho también, como cualquier colombiano de buena cuna, a invadir los recursos públicos para la conveniencia de sus negocios.

martes, 19 de octubre de 2010

¿Tan famoso como el abuelo?

Alguien comentó que quizás después de tanta destrucción y el fracaso aparente de su administración, con cifras de popularidad por el suelo y calidad de vida en la ciudad por debajo del ídem, el alcalde actual de Bogotá puede pasar a la historia como lo hizo su abuelo el dictador, quien dejó tras de sí unas de las más importantes obras urbanísticas de la capital de la república de Colombia, entre ellas la Autopista Norte (la única, que hoy por hoy es una vía secundaria más), la 26 (escenario actual de uno de los atracos más notorios a la buena fe de la ciudadanía y a las arcas del Distrito) y el Aeropuerto El Dorado (hoy en día negocio jugoso en manos de uno de los mejores amigos del anterior presidente).

Eso es darle el beneficio de la duda, y estirarlo bastante... Pero conociéndonos, a pesar de los "carteles de la contratación", de su absolutamente inoperante "movilidad", del chiste flojo del "metro", y de las obras que empiezan rápidamente para eternizarse, es muy probable que la ciudadanía acabe glorificando la memoria del burgomaestre popularmente conocido como #bobolitro en las redes sociales de Internet, una vez sean terminados los elefantes blancos que hoy son los causantes de los peores momentos que ha vivido Bogotá en su larga historia.

Algo que ha servido para amortiguar un poco el recuerdo negativo del general del 54 ha sido su legado urbanístico para la ciudad. Hecho que sirve para que quien nos señala la posibilidad de que su nieto acabe convertido en héroe popular tenga un sustento creíble, pues los negociados, el autoritarismo y muchas otras cosas negativas más que pudieron haber sucedido en ese entonces, fueron opacadas, y hasta olvidadas, por el refulgente brillo del aporte al desarrollo de sus más notorias obras.

¿Será que #bobolitro dejará algo hecho?

sábado, 16 de octubre de 2010

Bogotá en manos de "lo social" y próximamente de "lo antisocial"

Bogotá iba bien hasta que la moda de "lo social" arreció con todas sus fuerzas y les abrió el camino a los candidatos de izquierda, que amparados por el Polo Democrático ganaron las elecciones y echaron a perder mucho de lo que la ciudad había avanzado en las administraciones anteriores de tecnócratas y docentes integrales.

La concepción de ciudad de unos y otros es muy diferente, y es aún más dispar el enfoque que le dan a la política y a la administración. Mientras personajes obsesionados con el desarrollo, el orden urbano y, de alguna forma, con la posteridad y eso que llaman "dejar huella" se dedicaron a implantar una versión clara y coherente de ciudad, fundamentada en la cultura ciudadana y en la realización de obras que responden a una visión genuina de la metrópoli del futuro, otros, los de ahora, están inmersos en procesos licitatorios y miden su éxito en la cantidad de contratos asignados, sin reparar en el caos, el desorden, el descuido y el retroceso al que han condenado a la capital de Colombia.

Lo curioso de los dos enfoques anteriores es que el de aquellos que están destruyendo la ciudad y dejándola literalmente en ruinas son los que más adelante van a cosechar votos masivos en ejercicios democráticos futuros, porque no solamente tendrán a favor de su cauda todos los beneficiados con los contratos de destrucción que se vienen adelantando, sino los cientos de miles de familias que reciben las limosnas que son el núcleo de "lo social" de sus administraciones. Como dicen los conocedores, contratación y clientelismo.

Con el espejismo del "metro" la actual administración ganó las elecciones, a sabiendas de que no había dinero para construirlo (solamente alcanza para continuar haciendo estudios ad-infinitum que siempre arrojarán como resultados la necesidad de continuar haciendo estudios ad-infinitum). Y mientras enfoca todos sus esfuerzos por sacar adelante lo que no sacará adelante, asigna contratos a diestra y siniestra, siguiendo el ejemplo de antepasados cercanos y lejanos que concibieron el servicio público como un derecho feudal hereditable.

Y lo peor de todo este panorama es que empieza a consolidarse la aspiración de nadie más ni nadie menos que el promotor número uno del emprendimiento ajustado a la ley y con el concurso de terceros idóneos. Vamos a ver cómo lo que queda de la ciudad se va a convertir en negocio jugoso de unos muy pocos que, como con las zonas francas y demás iniciativas estilo Carimagua y AIS enriquecerán a los que ya se han enriquecido, y empobrecerán a los que nunca han sido ricos, llevándose de paso cualquier rastro de calidad de vida que las administraciones del Polo hayan dejado en Bogotá.

lunes, 4 de octubre de 2010

Más pico y placa, más impuestos y menos calidad de vida

Las fórmulas que estudia la actual administración de la ciudad de Bogotá apuntan a limitar aún más las libertades de los habitantes que pagamos impuestos, y darles más rienda suelta a los informales que se apropian ilegalmente del espacio público y a los transportadores para quienes no hay norma que valga ni que las autoridades hagan cumplir.

Eso de restringir aún más el uso de los vehículos particulares para solucionar los problemas de movilidad equivale a una expropiación parcial de la propiedad privada, nada más ni nada menos. Mejor que pongan peajes en la ciudad, y que encarezcan la utilización de los vehículos, pero no que prohíban la movilización libre de las personas, y nos obliguen a utilizar un servicio de transporte masivo ineficiente e inseguro, además de abusivo y verdaderamente indigno.

La lógica de los actuales administradores de la ciudad es de un facilismo olímpico. ¡Claro! "Para que no haya problemas de movilidad en la ciudad, prohibamos que la gente se mueva." Y además proponen aumentar el número de policías, para que se paren en esquinas estratégicas a esperar a los despistados conductores que salieron equivocadamente el día de pico y placa, y clavarles una multa gigantesca, en un tire y afloje en el que pueden demorarse unos 40 minutos por víctima, mientras a su lado los taxistas se parquean ocupando dos y tres carriles (no sé cómo esos taxis miniaturas se las arreglan para tapar tres carriles a la vez, pero ¡lo hacen!), y los agentes ni se inmutan y siguen en sus eternas "negociaciones" con el infractor, que incluyen llamadas por su radioteléfono a los colegas, idas y venidas a la moto con los papeles... hasta que algunas veces, muy sospechosamente, arrancan los infractores sin comparendo...

No es cosa de prohibir, prohibir y prohibir. Para eso, traer a Fidel Castro y su régimen aquí, promover un bloqueo a la importación de carros, y dejar que el parque automotor muera, y Colombia se vuelva como Cuba, donde solamente unos pocos líderes del Partido pueden andar en carros, mientras el resto de la población tiene que andar a pie, en bicicleta, o en los buses del negocio jugoso con el que se habrán asociado.

No solamente son las obras carentes de cualquier planificación (lo único que les importa a la hora de contratar es quién me va a dar la coima y en dónde me la van a consignar) las culpables del desmadre del tráfico en Bogotá. También son la lentitud pasmosa con que los planes viales de envergadura se desenvuelven, porque quién sabe qué negocios raros esperan que se den en términos de tierras y expropiaciones y demás asuntos que están lejos del conocimiento de cualquier ciudadano que no sea un tercero idóneo que hace negocios ajustado a la ley como nos acostumbramos en la Colombia refundada.

Arreglar la movilidad de Bogotá es cuestión de arreglar primero la mentalidad de sus administradores y de sus habitantes. No es fácil. Tampoco es imposible. Pero eso sí que es inaceptable que arreglen la movilidad prohibiéndonos mover por nuestros propios medios.