A la paz no se llega sentados a una mesa
discutiendo ideales en los que todos, en últimas, tenemos que coincidir, pues
se trata de la convivencia de muchos pueblos, muchas razas, muchas religiones,
muchas formas de pensar, muchas ideas, posiciones y preferencias personales,
profesionales, políticas, económicas, familiares y sociales.
A la paz tampoco se puede llegar marchando
a las plazas públicas. Hay mejores puntos de encuentro. Porque es a eso, a un
encuentro, a lo que debe llevar todo esto. No solo los asuntos de La Habana,
sino los asuntos de los paras, de los narcos, de los ganaderos, de los
comerciantes, de los políticos, de los inculpados en escándalos de todo orden,
públicos y privados. Y, claro, lo más importante, los asuntos de la niñez y la
juventud, quienes tendrán por tarea asumir el grueso de la carga de todo
aquello que implica la reconciliación.
A la paz se llega si se quiere llegar. Y si
todos sabemos qué sitio es ese, qué Colombia es la que queremos para nosotros y
para las futuras generaciones, es muy probable que nos pongamos de acuerdo y
empecemos a trabajar, a invertir en las tareas necesarias, en los aspectos
prácticos y urgentes, en los caminos posibles que tenemos a nuestro alcance
para avanzar en un proceso de armonización social y económica, marcado por el
espíritu de la colaboración y el compromiso con metas y objetivos claros,
iluminados por el deseo común -y superior a todo anhelo individual- de crear
las condiciones para que todos podamos convivir convirtiendo los errores del
pasado en oportunidades para que por fin los colombianos tengamos un futuro en
el que el crimen, la muerte, el robo y el terror ya no sean los valores que nos
definen como nación.
El emprendimiento, entendido como esfuerzo
sano y honesto, trabajo justamente remunerado, proyectos integrados al interés
público y al particular de forma equitativa y transparente, puede ayudar a
recorrer el camino hacia una paz “estable y duradera”.
La idea de marchar puede adquirir un
significado práctico si esa marcha lleva a un punto de encuentro. Pero no se
trata de llevar campesinos o comunidades indígenas a las grandes urbes para que
protesten. Es más útil que a las zonas rurales donde esos campesinos y
comunidades viven vayan jóvenes emprendedores de las ciudades, compartan sus
conocimientos, trabajen de forma mancomunada para organizar desde un punto de
vista administrativo y de negocios empresas locales que aprovechen el potencial
de cada región y lo proyecten hacia los mercados internos e internacionales,
aprovechando las obras de infraestructura que ya benefician a determinados
sectores productivos, así como los tratados de libre comercio que no podemos
permitir que se conviertan en avenidas de un solo sentido.
Y las marchas también pueden llevarse a
cabo en las ciudades mismas. Ciudades y pueblos que claman por el desarrollo,
por tener acueductos dignos y transporte adecuado y eficiente, por tener
vivienda con las mínimas comodidades, por tener acceso a la educación, la
recreación, el deporte y la participación en la vida de la comunidad.
Ahí, en los centros urbanos, también es
necesario encontrar puntos de encuentro, donde empresas complementarias,
intereses complementarios, particulares y públicos, converjan para poner manos
a la obra, generar oportunidades donde todos ganen en lo individual y en lo
general, donde invirtamos capital, tiempo, trabajo y compromiso para sacar
adelante proyectos que en el corto plazo generen una dinámica productiva y de
integración social.
El camino de la paz es la paz misma. Así
que en La Habana lo que hay que hacer, cuanto antes -y no es una “paz exprés”- es
proponer avenidas ciertas, ejecutables, que lleven allá a donde queremos
llegar. ¿Queremos un país próspero, limpio, productivo, amable, emprendedor? ¿O
queremos un país de enredos y litigios, de demandas y contrademandas, de
declaraciones incendiarias y de posiciones demagógicas? Si es lo primero,
aterricemos en la realidad de cada región, veamos, por ejemplo, el potencial de
Santander como productor de fique, de piña, de tabaco, de turismo, y enfoquemos
ahí esfuerzos por desarrollar industrias de talla mundial que aprovechen esos
recursos y la mano de obra. Veamos, por ejemplo, el llano, con ese inmenso
potencial turístico, ganadero, habitacional y agroindustrial, o la costa, el
centro, la montaña, el sur, el Pacífico… Lo que hay es oportunidades y trabajo
por hacer, sobre el terreno, y no en una mesa pretendiendo retroceder la
historia para reclamar un territorio que ha pasado por el Descubrimiento, la
Conquista, la Colonia, la Independencia y las innumerables guerras civiles,
como esta última, con múltiples contendores, que es a la que debemos ponerle
fin poniéndonos de acuerdo en algo tan simple como invertir unidos para
disfrutar de esa riqueza sin igual que es Colombia, un país que lo tiene todo,
menos la paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Sus comentarios son bienvenidos y se tendrán en cuenta para futuras publicaciones.