lunes, 29 de abril de 2013

A propósito de La Habana y la visita de De Klerk en 2009


Los días oscuros del apartheid, el periodismo claro y diáfano de El Espectador, y la definición de las partes (y del conflicto) colombiano


Esta es una reflexión sobre el Gran Foro de Liderazgo por la Paz organizado por Foros El Espectador el 18 de mayo de 2009 en el Club El Nogal de Bogotá, al cual asistió como invitado especial el ex presidente de Suráfrica y Premio Nobel de la Paz Frederik Willem de Klerk, quien en una presentación dividida en dos etapas, nos permitió a los asistentes conocer de cerca aspectos reveladores e inspiradores del proceso que llevó a Suráfrica a salir de lo que, según sus palabras, fueron “los días oscuros del Apartheid”.

Antes de la intervención del Nobel, Fidel Cano resumió con la característica capacidad de síntesis de ese "periodismo sano y diáfano" de los 122 años de historia del periódico El Espectador, lo que oiríamos más adelante y en detalle de boca de uno de los principales gestores del proceso de paz surafricano. Refiriéndose al acercamiento entre los que podríamos considerar polos irreconciliables, dijo: “lo impensable empezó a suceder una vez (De Klerk) llegó a la Presidencia”, y habló del "proceso de sanación colectiva" y de la "creación de una sociedad nueva" que todo esto implicó.

Varios días después, buscando un término que resumiera de alguna forma el optimismo que pudo desprenderse de la exposición del ex presidente De Klerk, las palabras de Fidel Cano resonarían nuevamente, puesto que una conclusión posible del efecto del Foro en algunos de sus participantes es la de que puede existir todavía una sana esperanza de llegar a un acuerdo por la paz de Colombia. (Sin embargo, el hecho de que sea sana, no quiere decir que sea inminente, menos aún cuando en Colombia parecieran desdibujarse cada vez más cuáles son las partes en conflicto, pues el poder catalizador del dinero del narcotráfico ha logrado fundir facciones opuestas en emprendimientos comunes que persiguen el lucro y las cuotas de poder político y social).r del dinero del narcotrdrse cada vez m
 
Pero como abrebocas de las palabras del invitado de honor, los organizadores del Foro le cedieron el estrado al Comisionado de Paz del gobierno actual, quien hizo un juicioso recuento de la visión gubernamental del conflicto colombiano, presentando cifras y citas todavía frescas de su paso por la oficina de Reintegración Social, que no pudieron abstraerse del tono propagandístico y curiosamente pendenciero que ha caracterizado a funcionarios de esta Administración, con apuntes como “creemos en el talento de las personas que están en las FARC y en el ELN, aunque es un talento mal utilizado”, o “todos los desmovilizados tienen acceso a salud”, contradiciendo sutilmente el "principio de equidad" que supuestamente aplica el Gobierno en los procesos que está adelantando con los desmovilizados, de tal forma que no haya preferencias estatales por quienes han delinquido sobre aquellos que no.

Y no podía quedar por fuera de las intervenciones previas al discurso de F. W. De Klerk el señor Barry Smith, presidente de la operación en Colombia de South African Breweries (SAB Miller), uno de los patrocinadores del evento. Las frases del señor Smith impactaron por su agudeza y por las revelaciones sobre cómo la empresa privada en Suráfrica participó y contribuyó en el proceso de reintegración de la sociedad. Llamó la atención la frase en la que el directivo de la empresa cervecera habló de “publicidad que refleje una sociedad normal, no una sociedad anormal”, como uno de muchos cambios que tuvieron lugar en su país en el proceso de conciliar "temores, resentimientos y perspectivas de grupos diferentes".

Cuando el señor De Klerk tomó la palabra, se pudo sentir en el auditorio una gran expectativa, que fue matizada por un aplauso que el director del Foro solicitó de los asistentes para darle la bienvenida al conferencista.


“Tuvimos que admitir que habíamos llegado a un lugar moralmente injustificado.”

Con sencillez, aunque rodeado del aura de ser cotitular de un premio Nobel de Paz, aura conferida por la audiencia más que por sí mismo, De Klerk empezó haciendo referencia a su primer viaje a Colombia, del que quedó con la "profunda certidumbre de que ustedes están encarando los retos que enfrentan”. Una alusión directa a lo que conoció de parte del gobierno respecto a los esfuerzos colombianos por lograr la paz.

Acto seguido, habló de aquel momento decisivo que dio origen al proceso que él protagonizara junto con Nelson Mandela y el pueblo Surafricano: “cuando tuvimos que admitir a nosotros mismos que habíamos aterrizado en un lugar que era moralmente injustificado". Ahí fue cuando “finalmente nos desprendimos de los grilletes de nuestro pasado”, dijo.

Suráfrica perdió, según De Klerk, una "generación de cientos de miles" que hoy luchan por adaptarse, por acomodarse a la comunidad.


“El principio del fin de un mundo unipolar"

Para el Nobel, el ascenso al poder de Barack Obama constituye “el principio del fin de un mundo unipolar”, diciendo que “no hay espacio para acciones unilaterales”, y que es el momento de respuestas multilaterales. Así mismo, cree que la "incapacidad de las comunidades de coexistir pacíficamente dentro de sus propios países" es una amenaza unipolar a la paz mundial, especialmente si tenemos en cuenta que estamos en un “mundo que se encoge y se ha globalizado, en el que estamos aún más cerca los unos de los otros”.

 
“El reto es desactivar los conflictos”

Entonces, dice, el reto es “desactivar los conflictos”.

Y en Suráfrica se desactivó el conflicto acudiendo a “la administración eficaz de la diversidad”, desechando la idea de la partición, que en el caso de la Suráfrica de los 80 fue “demasiado egoísta para que los blancos ofrecieran países geográficamente atractivos”.

De modo que tuvieron que hacer cambios “dramáticos, fundamentales y de largo alcance". Y de ese convencimiento surgen palabras como "incluso los problemas más amargos, complejos e intratables se pueden resolver pacíficamente”.

Pero para eso es necesario que las partes dejen de verse a sí mismas como “los prototipos que representan sus respectivas propagandas”. Es decir, algo así como que dejen de creerse los mismos cuentos que se han inventado o que han construido a lo largo de los años para justificar la confrontación. Esta frase tiene un significado muy interesante al contrastarla con la realidad de lo que está sucediendo en Colombia, puesto que hoy en día es difícil diferenciar quiénes son paramilitares y quiénes son guerrilla (en algunas zonas trabajan mancomunadamente en la explotación de la riqueza cocalera); quiénes son liberales y quiénes son conservadores (llega al límite de lo jocoso ver que un presidente calificado por muchos de ultraderechista haya militado la mayor parte de su vida política bajo las toldas del Partido Liberal); quiénes son ‘los buenos’ y quiénes son los ‘malos’; quiénes son legítimos representantes del Estado y quiénes no (como queda claro con la ingente cantidad de congresistas presos que están siendo investigados por paramilitarismo o por vínculos con la guerrilla).

Mejor dicho, una gran diferencia surge entre la situación de Suráfrica cuando se dieron las cosas para que se llevara a cabo exitosamente (aunque no libre de contratiempos, vale aclarar) el proceso de paz, y la de Colombia hoy por hoy, cuando estamos en una etapa de ‘desmovilización’ de grupos paramilitares y de ‘reinserción’ de éstos y de desertores de la guerrilla: mientras en Suráfrica sí había “partes” claramente definidas (blancos y negros, opresores y oprimidos, discriminadores y discriminados), en Colombia no hay tal cosa como “partes” en conflicto. A tal punto llega la falta de claridad al respecto, que la única polarización real que existe hoy en el país es la de ‘uribistas’ y ‘anti uribistas’, siendo aquellos quienes comulgan con una doctrina de solución militar para aniquilar el enemigo (enemigo que en algunas instancias y en virtud de la brumosa definición de las partes en conflicto resulta convertido paradójicamente en el mismo aliado), y siendo los ‘anti uribistas’ aquellos que critican algún aspecto de la doctrina del régimen vigente (por menor que sea, como, por ejemplo, los cuestionamientos de carácter ético a los negocios de la familia presidencial – quien cuestione la validez moral o ética de un allegado al Presidente, se convierte automáticamente en anti uribista, así se trate de uno de sus más acérrimos escuderos).

 
No hay receta universal para la paz

El ex presidente De Klerk ha sido enfático en aclarar que no es posible dar una receta universal para llevar a cabo un proceso de paz que eventualmente culmine en un acuerdo exitoso entre las partes. Sin embargo, ha mencionado algunos aspectos que dieron pie, en su momento a finales de los años 80, a la posibilidad de iniciar un proceso de paz. Mencionó los gulags, el estado de la economía, y la aceptación mutua (suya y de Mandela) de que “no había posibilidad para una solución militar”, puesto que esta llevaría a la “catástrofe” y a una “guerra civil limitante”.

No obstante, una serie de frases capturadas durante su discurso quizás permitan a algún avezado observador interesado en que Colombia logre la paz algún día, diseñar una receta, o, al menos, definir una lista de ingredientes necesarios para preparar un proceso de paz que eventualmente otras generaciones de colombianos puedan disfrutar en adelante.


Visión, Constitución e inclusión

Es fundamental, según De Klerk, que “las preocupaciones de todos sean tenidas en cuenta”, así como que exista una visión, como fue la de “aceptamos ahora una Suráfrica unida”. También subraya la necesidad de una Constitución “que prevenga contra el uso inadecuado del poder y que el país caiga en la trampa”. Igualmente, menciona el proceso en sí, “que no solamente sea pragmático, sino  que reconozca el fracaso de políticas previas”.

Otros de los que pueden ser ingredientes principales de una posible receta para Colombia son los “acuerdos democráticos” y el comprender que “no habría solución de largo plazo que no incluyera a todos los partidos políticos”.

Del mismo modo, fue crucial para que el proceso arrancara, el que aceptaran mutuamente que “nuestros problemas solamente podrían ser resueltos mediante la negociación”. Y es aquí cuando el Nobel suelta una de sus más reveladoras frases, al decir que es necesario llevar a cabo “compromisos dolorosos y concesiones auténticas de todas las partes”.


“El horror y la desesperanza de la violencia, de la guerra y de la división”

En su exposición de los pormenores del proceso durante la segunda parte de su intervención, De Klerk nos habló de una “Constitución de transición” y de un nuevo Parlamento. La Constitución de transición contemplaría 34 principios inmutables acordados entre las partes, y la constitución final, según él, no fue muy distinta a aquella con la cual iniciaron el proceso. (Es decir, llegar a sentar las bases para la negociación de un proceso de paz allana de antemano gran parte del camino a recorrer, así este se alargue y se dificulte).

 
Un compromiso auténtico de parte de todos

Entre los factores claves para el éxito están, según De Klerk, un compromiso inequívoco de parte de todos, con un equilibrio de fuerzas, donde ninguna de las partes imponga su voluntad, así como la buena fe en el compromiso por la negociación. Por otro lado, el abandono de los estereotipos de los oponentes, y la confluencia en un objetivo común, como la paz y la prosperidad, que todos las quieren. Igualmente, la búsqueda de puntos de común interés resulta clave en la negociación, así como la oportunidad temporal, esto es, aprovechar la conveniencia del balance del poder (en el caso Colombiano, y nuevamente por paradójico que suene, la ofensiva de la seguridad democrática y el aparente debilitamiento del principal contendor pueden estar creando la oportunidad temporal ideal para el inicio de un proceso de paz con posibilidades de éxito).

A estos factores De Klerk se refiere como “ventanas de oportunidad”, afirmando que “la tarea de los hombres de Estado es reconocer estas ventanas de oportunidad”. Acto seguido añadió que la inclusión también fue fundamental en su proceso, y según eso “los partidos pequeños también reclamaron la copropiedad del proceso”.

Otro de los factores clave sobre los cuales se extendió el conferencista, fue el de la necesidad de crear resultados en los que todas las partes ganan, y subrayó cómo las “sociedades del post-conflicto deberían establecer comisiones de verdad y reconciliación”, porque “la paz hace que valgan la pena todos los sacrificios y riesgos”.

Finalmente, respondiendo algunas preguntas formuladas por el director del evento, De Klerk soltó las siguientes frases:

-          Sobre qué tanta impunidad es aceptable: “La necesaria, siempre y cuando los crímenes hayan obedecido a móviles políticos”.

-          Sobre la estrategia del gobierno colombiano presentada por Frank Pearl: “Hay un esfuerzo de buena fe y Colombia está apuntando en la dirección correcta”.

-          Sobre su mayor error en el proceso surafricano: “Hubiera tomado todas las principales decisiones otra vez. Teníamos que evitar la catástrofe”.

De Klerk se declaró “firme creyente en el liderazgo consultativo”, y dijo que “necesitamos más un modelo constitucional que busque el consenso”. Así mismo dejó claro que es una persona que cree en aquello de las ‘vibraciones’, manifestando que “la confianza sólo puede ser real si las personas se conocen mutuamente, abriendo sus mentes y sus corazones”.

Aquí, en este punto, surge una inquietante duda respecto a qué tan posible sería que Colombia entrara en un eventual proceso de paz, ya que, como se intuye de las declaraciones de De Klerk, las personalidades de los representantes de las partes son claves, y así como él encarnaba con claridad al establecimiento, Mandela encarnaba con suprema claridad a la disidencia, de modo que en efecto había dos partes claramente definidas, con rostros y con personalidades propias, cosa que no sucede en Colombia, donde por un lado tenemos en el presidente Uribe a un representante del establecimiento, este evidentemente con rostro y personalidad definidos, mientras por el otro lado no existe un interlocutor claro que represente las demandas de la contraparte disidente. Desde este punto de vista, y ateniéndonos a las cifras de popularidad del presidente Uribe y a la escasa ascendencia de los grupos guerrilleros entre la población (que nos hace asumir que esos grupos no están reivindicando ningún derecho de la misma), podríamos concluir que aquí en Colombia no existe conflicto alguno, sino un desmadre de bandas criminales y mafiosas que han llegado a desestabilizar a la nación entera, poniendo en entredicho la validez y la virtud de todos sus poderes.

Entonces, para llegar a un proceso de paz en Colombia, la principal y más ardua tarea va a ser encontrar quiénes podrían ser los interlocutores del mismo, y qué estarían representando cada uno de ellos. Esto, curiosamente, tiene mucha similitud con la “refundación de la patria” que discutieron algunos colombianos en Ralito a finales del siglo pasado y comienzos de éste, donde desafortunadamente la definición de las partes del conflicto, nuevamente, marcó el fracaso, pues no fue incluyente, sino todo lo contrario, además de subterránea.


“Tenemos la obligación moral de restituir la fibra moral del país”

“Peleemos por la paz”. Así concluyó De Klerk su intervención, haciendo caer en cuenta a la audiencia sobre la contradicción de los términos. A la luz de todo lo aprendido durante el Foro de El Espectador, y de las reflexiones que desencadenó, quedamos con cierta sana esperanza en que de pronto Colombia logre la paz. Aunque aquí el problema es algo más complejo, pues así como no se pueden definir con claridad cuáles son los representantes de las partes en conflicto, tampoco está muy clara cuál es la naturaleza del mismo.

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