Los días oscuros del apartheid, el
periodismo claro y diáfano de El Espectador, y la definición de las partes (y
del conflicto) colombiano
Esta
es una reflexión sobre el Gran Foro de Liderazgo por la Paz organizado por
Foros El Espectador el 18 de mayo de 2009 en el Club El Nogal de Bogotá, al
cual asistió como invitado especial el ex presidente de Suráfrica y Premio
Nobel de la Paz Frederik Willem de Klerk, quien en una presentación dividida en
dos etapas, nos permitió a los asistentes conocer de cerca aspectos reveladores
e inspiradores del proceso que llevó a Suráfrica a salir de lo que, según sus
palabras, fueron “los días oscuros del Apartheid”.
Antes
de la intervención del Nobel, Fidel Cano resumió con la característica capacidad
de síntesis de ese "periodismo sano y diáfano" de los 122 años de
historia del periódico El Espectador, lo que oiríamos más adelante y en detalle
de boca de uno de los principales gestores del proceso de paz surafricano.
Refiriéndose al acercamiento entre los que podríamos considerar polos
irreconciliables, dijo: “lo impensable empezó a suceder una vez (De Klerk)
llegó a la Presidencia”, y habló del "proceso de sanación colectiva"
y de la "creación de una sociedad nueva" que todo esto implicó.
Varios
días después, buscando un término que resumiera de alguna forma el optimismo
que pudo desprenderse de la exposición del ex presidente De Klerk, las palabras
de Fidel Cano resonarían nuevamente, puesto que una conclusión posible del
efecto del Foro en algunos de sus participantes es la de que puede existir
todavía una sana esperanza de llegar a un acuerdo por la paz de Colombia. (Sin
embargo, el hecho de que sea sana, no quiere decir que sea inminente, menos aún
cuando en Colombia parecieran desdibujarse cada vez más cuáles son las partes
en conflicto, pues el poder catalizador del dinero del narcotráfico ha logrado fundir
facciones opuestas en emprendimientos comunes que persiguen el lucro y las
cuotas de poder político y social).
Pero
como abrebocas de las palabras del invitado de honor, los organizadores del
Foro le cedieron el estrado al Comisionado de Paz del gobierno actual, quien
hizo un juicioso recuento de la visión gubernamental del conflicto colombiano,
presentando cifras y citas todavía frescas de su paso por la oficina de
Reintegración Social, que no pudieron abstraerse del tono propagandístico y
curiosamente pendenciero que ha caracterizado a funcionarios de esta Administración,
con apuntes como “creemos en el talento de las personas que están en las FARC y
en el ELN, aunque es un talento mal utilizado”, o “todos los desmovilizados
tienen acceso a salud”, contradiciendo sutilmente el "principio de equidad"
que supuestamente aplica el Gobierno en los procesos que está adelantando con
los desmovilizados, de tal forma que no haya preferencias estatales por quienes
han delinquido sobre aquellos que no.
Y no
podía quedar por fuera de las intervenciones previas al discurso de F. W. De
Klerk el señor Barry Smith, presidente de la operación en Colombia de South
African Breweries (SAB Miller), uno de los patrocinadores del evento. Las
frases del señor Smith impactaron por su agudeza y por las revelaciones sobre
cómo la empresa privada en Suráfrica participó y contribuyó en el proceso de
reintegración de la sociedad. Llamó la atención la frase en la que el directivo
de la empresa cervecera habló de “publicidad que refleje una sociedad normal,
no una sociedad anormal”, como uno de muchos cambios que tuvieron lugar en su
país en el proceso de conciliar "temores, resentimientos y perspectivas de
grupos diferentes".
Cuando
el señor De Klerk tomó la palabra, se pudo sentir en el auditorio una gran expectativa,
que fue matizada por un aplauso que el director del Foro solicitó de los
asistentes para darle la bienvenida al conferencista.
“Tuvimos que admitir que habíamos
llegado a un lugar moralmente injustificado.”
Con
sencillez, aunque rodeado del aura de ser cotitular de un premio Nobel de Paz,
aura conferida por la audiencia más que por sí mismo, De Klerk empezó haciendo
referencia a su primer viaje a Colombia, del que quedó con la "profunda
certidumbre de que ustedes están encarando los retos que enfrentan”. Una
alusión directa a lo que conoció de parte del gobierno respecto a los esfuerzos
colombianos por lograr la paz.
Acto
seguido, habló de aquel momento decisivo que dio origen al proceso que él
protagonizara junto con Nelson Mandela y el pueblo Surafricano: “cuando tuvimos
que admitir a nosotros mismos que habíamos aterrizado en un lugar que era moralmente
injustificado". Ahí fue cuando “finalmente nos desprendimos de los
grilletes de nuestro pasado”, dijo.
Suráfrica
perdió, según De Klerk, una "generación de cientos de miles" que hoy
luchan por adaptarse, por acomodarse a la comunidad.
“El principio del fin de un mundo
unipolar"
Para
el Nobel, el ascenso al poder de Barack Obama constituye “el principio del fin
de un mundo unipolar”, diciendo que “no hay espacio para acciones
unilaterales”, y que es el momento de respuestas multilaterales. Así mismo,
cree que la "incapacidad de las comunidades de coexistir pacíficamente
dentro de sus propios países" es una amenaza unipolar a la paz mundial,
especialmente si tenemos en cuenta que estamos en un “mundo que se encoge y se
ha globalizado, en el que estamos aún más cerca los unos de los otros”.
“El reto es desactivar los conflictos”
Entonces,
dice, el reto es “desactivar los conflictos”.
Y en
Suráfrica se desactivó el conflicto acudiendo a “la administración eficaz de la
diversidad”, desechando la idea de la partición, que en el caso de la Suráfrica
de los 80 fue “demasiado egoísta para que los blancos ofrecieran países
geográficamente atractivos”.
De
modo que tuvieron que hacer cambios “dramáticos, fundamentales y de largo
alcance". Y de ese convencimiento surgen palabras como "incluso los
problemas más amargos, complejos e intratables se pueden resolver
pacíficamente”.
Pero
para eso es necesario que las partes dejen de verse a sí mismas como “los
prototipos que representan sus respectivas propagandas”. Es decir, algo así
como que dejen de creerse los mismos cuentos que se han inventado o que han
construido a lo largo de los años para justificar la confrontación. Esta frase
tiene un significado muy interesante al contrastarla con la realidad de lo que
está sucediendo en Colombia, puesto que hoy en día es difícil diferenciar
quiénes son paramilitares y quiénes son guerrilla (en algunas zonas trabajan
mancomunadamente en la explotación de la riqueza cocalera); quiénes son
liberales y quiénes son conservadores (llega al límite de lo jocoso ver que un
presidente calificado por muchos de ultraderechista haya militado la mayor
parte de su vida política bajo las toldas del Partido Liberal); quiénes son
‘los buenos’ y quiénes son los ‘malos’; quiénes son legítimos representantes
del Estado y quiénes no (como queda claro con la ingente cantidad de
congresistas presos que están siendo investigados por paramilitarismo o por
vínculos con la guerrilla).
Mejor
dicho, una gran diferencia surge entre la situación de Suráfrica cuando se
dieron las cosas para que se llevara a cabo exitosamente (aunque no libre de
contratiempos, vale aclarar) el proceso de paz, y la de Colombia hoy por hoy,
cuando estamos en una etapa de ‘desmovilización’ de grupos paramilitares y de
‘reinserción’ de éstos y de desertores de la guerrilla: mientras en Suráfrica
sí había “partes” claramente definidas (blancos y negros, opresores y oprimidos,
discriminadores y discriminados), en Colombia no hay tal cosa como “partes” en
conflicto. A tal punto llega la falta de claridad al respecto, que la única
polarización real que existe hoy en el país es la de ‘uribistas’ y ‘anti uribistas’,
siendo aquellos quienes comulgan con una doctrina de solución militar para
aniquilar el enemigo (enemigo que en algunas instancias y en virtud de la
brumosa definición de las partes en conflicto resulta convertido
paradójicamente en el mismo aliado), y siendo los ‘anti uribistas’ aquellos que
critican algún aspecto de la doctrina del régimen vigente (por menor que sea,
como, por ejemplo, los cuestionamientos de carácter ético a los negocios de la
familia presidencial – quien cuestione la validez moral o ética de un allegado
al Presidente, se convierte automáticamente en anti uribista, así se trate de
uno de sus más acérrimos escuderos).
No hay receta universal para la paz
El ex presidente
De Klerk ha sido enfático en aclarar que no es posible dar una receta universal
para llevar a cabo un proceso de paz que eventualmente culmine en un acuerdo
exitoso entre las partes. Sin embargo, ha mencionado algunos aspectos que
dieron pie, en su momento a finales de los años 80, a la posibilidad de iniciar
un proceso de paz. Mencionó los gulags, el estado de la economía, y la
aceptación mutua (suya y de Mandela) de que “no había posibilidad para una
solución militar”, puesto que esta llevaría a la “catástrofe” y a una “guerra
civil limitante”.
No
obstante, una serie de frases capturadas durante su discurso quizás permitan a
algún avezado observador interesado en que Colombia logre la paz algún día,
diseñar una receta, o, al menos, definir una lista de ingredientes necesarios
para preparar un proceso de paz que eventualmente otras generaciones de
colombianos puedan disfrutar en adelante.
Visión, Constitución e inclusión
Es
fundamental, según De Klerk, que “las preocupaciones de todos sean tenidas en
cuenta”, así como que exista una visión, como fue la de “aceptamos ahora una
Suráfrica unida”. También subraya la necesidad de una Constitución “que
prevenga contra el uso inadecuado del poder y que el país caiga en la trampa”.
Igualmente, menciona el proceso en sí, “que no solamente sea pragmático, sino que reconozca el fracaso de políticas
previas”.
Otros
de los que pueden ser ingredientes principales de una posible receta para
Colombia son los “acuerdos democráticos” y el comprender que “no habría
solución de largo plazo que no incluyera a todos los partidos políticos”.
Del
mismo modo, fue crucial para que el proceso arrancara, el que aceptaran
mutuamente que “nuestros problemas solamente podrían ser resueltos mediante la negociación”.
Y es aquí cuando el Nobel suelta una de sus más reveladoras frases, al decir
que es necesario llevar a cabo “compromisos dolorosos y concesiones auténticas de
todas las partes”.
“El horror y la desesperanza de la
violencia, de la guerra y de la división”
En su
exposición de los pormenores del proceso durante la segunda parte de su
intervención, De Klerk nos habló de una “Constitución de transición” y de un
nuevo Parlamento. La Constitución de transición contemplaría 34 principios
inmutables acordados entre las partes, y la constitución final, según él, no
fue muy distinta a aquella con la cual iniciaron el proceso. (Es decir, llegar
a sentar las bases para la negociación de un proceso de paz allana de antemano
gran parte del camino a recorrer, así este se alargue y se dificulte).
Un compromiso auténtico de parte de
todos
Entre
los factores claves para el éxito están, según De Klerk, un compromiso inequívoco
de parte de todos, con un equilibrio de fuerzas, donde ninguna de las partes imponga
su voluntad, así como la buena fe en el compromiso por la negociación. Por otro
lado, el abandono de los estereotipos de los oponentes, y la confluencia en un
objetivo común, como la paz y la prosperidad, que todos las quieren.
Igualmente, la búsqueda de puntos de común interés resulta clave en la
negociación, así como la oportunidad temporal, esto es, aprovechar la
conveniencia del balance del poder (en el caso Colombiano, y nuevamente por
paradójico que suene, la ofensiva de la seguridad democrática y el aparente
debilitamiento del principal contendor pueden estar creando la oportunidad
temporal ideal para el inicio de un proceso de paz con posibilidades de éxito).
A
estos factores De Klerk se refiere como “ventanas de oportunidad”, afirmando
que “la tarea de los hombres de Estado es reconocer estas ventanas de
oportunidad”. Acto seguido añadió que la inclusión también fue fundamental en
su proceso, y según eso “los partidos pequeños también reclamaron la
copropiedad del proceso”.
Otro
de los factores clave sobre los cuales se extendió el conferencista, fue el de
la necesidad de crear resultados en los que todas las partes ganan, y subrayó
cómo las “sociedades del post-conflicto deberían establecer comisiones de
verdad y reconciliación”, porque “la paz hace que valgan la pena todos los
sacrificios y riesgos”.
Finalmente,
respondiendo algunas preguntas formuladas por el director del evento, De Klerk
soltó las siguientes frases:
-
Sobre
qué tanta impunidad es aceptable: “La necesaria, siempre y cuando los crímenes
hayan obedecido a móviles políticos”.
-
Sobre
la estrategia del gobierno colombiano presentada por Frank Pearl: “Hay un
esfuerzo de buena fe y Colombia está apuntando en la dirección correcta”.
-
Sobre
su mayor error en el proceso surafricano: “Hubiera tomado todas las principales
decisiones otra vez. Teníamos que evitar la catástrofe”.
De
Klerk se declaró “firme creyente en el liderazgo consultativo”, y dijo que
“necesitamos más un modelo constitucional que busque el consenso”. Así mismo
dejó claro que es una persona que cree en aquello de las ‘vibraciones’,
manifestando que “la confianza sólo puede ser real si las personas se conocen
mutuamente, abriendo sus mentes y sus corazones”.
Aquí,
en este punto, surge una inquietante duda respecto a qué tan posible sería que
Colombia entrara en un eventual proceso de paz, ya que, como se intuye de las
declaraciones de De Klerk, las personalidades de los representantes de las
partes son claves, y así como él encarnaba con claridad al establecimiento,
Mandela encarnaba con suprema claridad a la disidencia, de modo que en efecto
había dos partes claramente definidas, con rostros y con personalidades
propias, cosa que no sucede en Colombia, donde por un lado tenemos en el
presidente Uribe a un representante del establecimiento, este evidentemente con
rostro y personalidad definidos, mientras por el otro lado no existe un interlocutor
claro que represente las demandas de la contraparte disidente. Desde este punto
de vista, y ateniéndonos a las cifras de popularidad del presidente Uribe y a
la escasa ascendencia de los grupos guerrilleros entre la población (que nos
hace asumir que esos grupos no están reivindicando ningún derecho de la misma),
podríamos concluir que aquí en Colombia no existe conflicto alguno, sino un
desmadre de bandas criminales y mafiosas que han llegado a desestabilizar a la
nación entera, poniendo en entredicho la validez y la virtud de todos sus
poderes.
Entonces,
para llegar a un proceso de paz en Colombia, la principal y más ardua tarea va
a ser encontrar quiénes podrían ser los interlocutores del mismo, y qué
estarían representando cada uno de ellos. Esto, curiosamente, tiene mucha
similitud con la “refundación de la patria” que discutieron algunos colombianos
en Ralito a finales del siglo pasado y comienzos de éste, donde
desafortunadamente la definición de las partes del conflicto, nuevamente, marcó
el fracaso, pues no fue incluyente, sino todo lo contrario, además de
subterránea.
“Tenemos la obligación moral de
restituir la fibra moral del país”
“Peleemos
por la paz”. Así concluyó De Klerk su intervención, haciendo caer en cuenta a
la audiencia sobre la contradicción de los términos. A la luz de todo lo
aprendido durante el Foro de El Espectador, y de las reflexiones que
desencadenó, quedamos con cierta sana esperanza en que de pronto Colombia logre
la paz. Aunque aquí el problema es algo más complejo, pues así como no se
pueden definir con claridad cuáles son los representantes de las partes en
conflicto, tampoco está muy clara cuál es la naturaleza del mismo.
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