Salí a dar una vuelta a la manzana. En las pocas cuadras que recorrí alcancé a contar cinco carretillas de venta de "chocolates importados", entre otras más de venta de fresas, mamoncillos, mango y arepas "de la parrilla a su paso".
No faltaron las invitaciones a ingresar a locales escondidos, las tarjetas de salones de masajes y uno que otro limosnero.
En ese trayecto alcancé a pasar frente a una docena de bares, varias tiendas de garaje, cantidad de ópticas, droguerías, papelerías y cigarrerías; uno que otro almacén de curiosidades y cachivaches varios, tres bancos, dos universidades y quién sabe cuántos más negocios formales e informales.
Creo que vivo en lo que ahora se llama el centro ampliado de Bogotá. Un sector enorme que se caracteriza por la cultura del "rebusque" y, también parece, la de la dejadez y el descuido.
Muchos de los establecimientos y edificios, si no todos, pagan impuestos locales que, o han sido desviados a otras localidades, o simplemente han corrido la suerte de los dineros y las inversiones que se desvanecen ante los ojos ciegos de las autoridades y la ciudadanía.
Miles de millones de pesos del impuesto de valorización para la construcción de andenes y redes de servicios públicos cuelgan pesadamente en marañas de cables que doblegan los vetustos postes del alumbrado público.
Mientras doy una vuelta a la manzana y veo la ciudad de los bogotanos, me pregunto por qué tantos planes billonarios de nuestros alcaldes y concejales solo dejan a su paso el reflejo del deterioro, la dejadez y la inmundicia.
Ya es hora de firmar algún contrato con alguna entidad del Distrito y de irme a vivir en las praderas de Sopó.
En las calles de las ciudades se refleja la cultura de la gente que las habita y las administra.
martes, 29 de mayo de 2012
Papeles en la calle y las ventanas rotas
Una iniciativa interesante para que las autoridades, la empresa privada e incluso los vecinos pongan en práctica para promover la cultura ciudadana y al mismo tiempo vivir en una ciudad más agradable y limpia es recoger los papeles que la gente bota en la calle.
Las autoridades pueden desde promover campañas con la participación de los auxiliares de policía, hasta desempolvar normas de los códigos para imponer multas por ensuciar el espacio público, como lo hacen en algunos países orientales a los turistas que se atreven a botar chicles o colillas de cigarrillos en la calle.
La empresa privada --en particular aquellas compañías cuyos productos vienen empacados en muchos de los papeles que ensucian avenidas y andenes--, puede crear campañas de "activación de conciencia cívica" (similares a las de activación de marca), con grupos visibles de impacto equipados con guantes, bolsas e implementos para recoger todos los desperdicios que encuentren en diferentes rutas y sitios estratégicos de la ciudad. Esto no solo demostrará a los demás ciudadanos que se pueden recoger los papeles y que se deben botar en las canecas, sino que servirá para subir la percepción positiva de las empresas que se atrevan a invertir en ese tipo de actividades.
Y los vecinos lo pueden hacer a diario, cuando en lugar de pasar indiferentes ante el papel que alguien no ha querido poner en la caneca lo levanten y lo lleven, sin mayor aspaviento, a la caneca más cercana.
Como sucedió en Nueva York con la teoría de las "ventanas rotas" y la intransigencia con las contravenciones mínimas, una iniciativa así de simple puede tener un gran impacto no solamente en la calidad de vida y la apariencia de nuestras ciudades, sino en los niveles de inseguridad y violencia, pues promoverán un entorno más comprometido y sensible con la idea de vivir en comunidad.
Las autoridades pueden desde promover campañas con la participación de los auxiliares de policía, hasta desempolvar normas de los códigos para imponer multas por ensuciar el espacio público, como lo hacen en algunos países orientales a los turistas que se atreven a botar chicles o colillas de cigarrillos en la calle.
La empresa privada --en particular aquellas compañías cuyos productos vienen empacados en muchos de los papeles que ensucian avenidas y andenes--, puede crear campañas de "activación de conciencia cívica" (similares a las de activación de marca), con grupos visibles de impacto equipados con guantes, bolsas e implementos para recoger todos los desperdicios que encuentren en diferentes rutas y sitios estratégicos de la ciudad. Esto no solo demostrará a los demás ciudadanos que se pueden recoger los papeles y que se deben botar en las canecas, sino que servirá para subir la percepción positiva de las empresas que se atrevan a invertir en ese tipo de actividades.
Y los vecinos lo pueden hacer a diario, cuando en lugar de pasar indiferentes ante el papel que alguien no ha querido poner en la caneca lo levanten y lo lleven, sin mayor aspaviento, a la caneca más cercana.
Como sucedió en Nueva York con la teoría de las "ventanas rotas" y la intransigencia con las contravenciones mínimas, una iniciativa así de simple puede tener un gran impacto no solamente en la calidad de vida y la apariencia de nuestras ciudades, sino en los niveles de inseguridad y violencia, pues promoverán un entorno más comprometido y sensible con la idea de vivir en comunidad.
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